El Mundo: El primer ‘yayotechno’

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Muchos jóvenes fiesteros que acudían por primera vez a Florida135, en lo que podía ser (era el caso de muchos clubbers) su bautizo en el techno, se sorprendían al ver por la sala de Fraga, Huesca, a un señor mayor que andaba siempre de acá para allá, durante toda la noche. No es que ese casi anciano se quedara quieto en una esquina observando el panorama con ojos medio cerrados, o resguardado tras un mostrador, sino que se metía en la pista, esquivaba a la muchachada con pasos ágiles, subía a los pisos superiores, limpiaba los balcones de medrosos que se apalancaban con el cubata y creaban tapón, bajaba a la sala inferior (conocida como la Boite) e incluso miraba con ojos de padre regañón a quien se portara mal.

Los habituales del club, en cualquier caso, no se sorprendían. Juan Arnau Ibarz era parte indivisible de Florida135, sin duda alguna la presencia más importante e histórica del club, ya que fue su fundador en 1971, tras haber aprendido de su padre, Juan Arnau Cabasses, el oficio del entretenimiento. Hijo de una familia de empresarios de la noche (era una época, la de los 60 y el tardofranquismo, en la que en Fraga se contrataban espectáculos como los del Dúo Dinámico o Antonio Machín), Juan Arnau entró en el negocio de las discotecas justo cuando la música disco empezaba a despuntar, y erigió Florida135 en medio de la nada con la grandiosidad faraónica que correspondía a las ‘discos¡ en aquella época: cuatro salas (la central, la de abajo, la lateral y ‘la de los arrumacos’, a la que se llegaba atravesando un pasillo estrechísimo), dos cines, una champanería, ‘frankfurts’ y todo tipo de atractivos dignos de un parque temático. Con los años, Florida135 asistió al nacimiento y muerte de la música disco, de la new wave (o sea, aquí La Movida), el bakalao y la ‘mákina’, y finalmente dignificó el techno en España mientras en Madrid y Barcelona todavía estaban a verlas venir. Durante todas estas décadas, Juan Arnau Ibarz estuvo en la sala cada noche, prácticamente hasta el último día: falleció este domingo pasado de madrugada, en Fraga, muy cerca del club, como él hubiera querido.

Él imagino la gran discoteca como parque, con sala de arrumacos, bar de perritos y champanería

En 1987 Florida135 pasó a dirigirla su hijo, Juan Arnau Durán, que actualmente sigue siendo el máximo responsable del club y de todos los negocios que han surgido a partir de su expansión (el exitoso Monegros Desert Festival, que convoca cada mes de julio hasta 40.000 personas a un maratón de techno en el desierto monegrino, elRow de Castelldefels y su residencia veraniega en el Privilege de Ibiza, y la oficina de producción Enter Group), pero ‘el abuelo del techno’, como le conocían cariñosamente los jóvenes más veteranos del club y los ex habituales retirados, nunca dejó de estar ahí dando ejemplo. Su mentalidad era la del empresario de la noche de la vieja escuela: siempre en contacto con el cliente y con el producto, atento a lo que demandaba la gente, siempre con el ánimo dispuesto para mejorar. Una persona que comprendía que para fidelizar al público era necesario servir alcohol bueno, que el sonido tenía que ser impecable, que los servicios tenían que ser ágiles.

Para Juan Arnau Ibarz era la gente la que le daba vida a la fiesta, y por tanto el bien más preciado de la discoteca. No eran tickets vendidos en puerta, sino personas que podían repetir y tenían que salir satisfechas. Aunque llegó un momento (sobre todo a partir de 1993) en que Florida135 empezó a traer a grandes figuras respetadas de la música electrónica como Jeff Mills y Laurent Garnier, para él, el DJ no dejaba de ser un empleado más, de una noche, en la sala, como un camarero o la persona responsable de guardarropía, y juzgaba su trabajo con severidad: a saber, hacer pasar a la gente una noche inolvidable, con el ‘diversiómetro’ marcando máximos históricos siempre que fuera posible. Su opinión era escuchada y respetada, y muchas veces un artista ha vuelto repetidamente a Florida135 (o ha dejado de ir) por una simple decisión suya.

Sabía de techhno. Lo escuchaba durante los paseos que le recomendaba el médico. Y entendía el espíritu

Y es que ‘el abuelo del techno’ no era únicamente un guardián del club siempre al pie del cañón. Primero por obligación autoimpuesta, pero más tarde por curiosidad y afición, Juan Arnau Ibarz dedicaba muchas horas del día a escuchar techno. En sus caminatas matinales, por los caminos de Fraga hasta los huertos (donde inspeccionaba cómo iban los cultivos y de paso hacía ejercicio), siempre iba con su walkman (y más tarde, su discman) escuchando discos de artistas como Jeff Mills, Layo & Bushwacka! o Misstress Barbara. Cualquiera que lo quisiera podía entablar una conversación con él sobre el género. Su conocimiento no era enciclopédico, nunca fue de crítico por la vida ni se guardó el comodín de Detroit para prevalecer en discusiones muy ajustadas, pero sabía de lo que hablaba y comprendía su espíritu.

Sobre todo, entendía al público joven y sus necesidades, fruto de horas y horas de observación, interacción y de ser el primero en abrir el club y el último en salir, cuando ya todo el mundo se había ido y sólo quedaban las señoras de la limpieza fregando los charcos del sudor. Su aguante portentoso también se producía en el duro contexto de Monegros, superando en espíritu de resistencia y entereza a más de un ‘raver’ que podría ser su bisnieto. Su fallecimiento, por tanto, es una pérdida sensible para el ecosistema del techno en España: se ha ido alguien que ha ayudado mucho a dignificar la música electrónica de baile y que posiblemente fuera su fan más longevo y apasionado.

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